Por la noche, la CDMX respiraba un aire espeso, cargado de diesel y sueños rotos. Eran las 23:47 de un viernes de mayo de 2025, y yo, Ezequiel Vargas, un oficinista de 27 años con más deudas que ambiciones, caminaba por la Condesa buscando un antro donde ahogar mi semana. No era un tipo de perreos ni de arte, pero algo en el aire —quizá el neón parpadeante de un letrero que decía Eclipse— me jaló hacia un edificio sin nombre, con una puerta que parecía el umbral de un portal digital.
Crucé el umbral y el mundo se deshizo. Un torbellino de luces neón me atrapó: morados, rosas y verdes giraban como si hubiera caído en una página web de los 2000 hackeada por un DJ del futuro. La música no retumbaba, te colonizaba, un pulso electrónico que hacía vibrar tus huesos.
Las paredes se movían con proyecciones que parecían seguirme, rostros prehispánicos que mutaban en glitches digitales, como si Coatlicue hubiera aprendido a programar. No era un antro, no era una galería. Era algo más. “Estás dentro del arte, carnal”, susurró una voz que no supe si venía de afuera o de mi cabeza.

El Baile de las Máquinas
Me dejé llevar. El lugar estaba lleno de figuras borrosas: morras con cabello teñido de azul, chidos con lentes de realidad aumentada, un vato que juraba ser el “curador del caos”. Todos bailaban, pero no era el perreo de las fiestas en Neza o el reggaetón de antros en Polanco.
Era un ritual, como si cada paso fuera un código que alimentaba las proyecciones. Una pantalla me escaneó y de pronto mi cara apareció en la pared, pixelada, con ojos de jaguar y un fondo de glifos mayas. “La red te conoce mejor que tú mismo”, dijo una tipa con un tatuaje de circuitos, pasándome un trago que sabía a batería recargable.
Pregunté qué era ese lugar. “Eclipse”, me dijo, “El Eco que sigue viviendo dentro de tu cabeza, se libera como un placebo cada de vez que te concentras, concentrarse deveras. No es solo arte, es un nodo de la red viva”. Según ella, desde que comenzó el 2025 (año de mierda), la CDMX se había convertido en un laboratorio de experiencias digitales. La inteligencia artificial ya no solo escribía poemas malos, ahora creaba mundos que respondían a tus miedos, tus deseos, tus likes en redes. “Esto no es una fiesta, es un hackeo al alma”, soltó, y se perdió entre la multitud.
Intenté racionalizarlo. Soy un tipo de números, de hojas de cálculo, no de rollos místicos. Pero las proyecciones me mostraban cosas que no podía ignorar: mi infancia en Iztapalapa, un mensaje de mi ex que nunca contesté, un meme que compartí en 2023. Era como si la internet misma estuviera bailando conmigo, y no sabía si era el DJ o la pista.

El Precio del Ritual
De pronto, la música cambió. Un beat más oscuro, como si alguien hubiera subido el volumen al inframundo. Las luces se volvieron rojas, los rostros en las paredes se torcieron en máscaras de obsidiana. La multitud seguía bailando, pero ahora sus movimientos eran frenéticos, casi mecánicos. “¡Es la red, carnal!”, gritó un vato con una máscara de calavera digital.
“Te da el viaje, pero cobra su precio”. Intenté salir, pero la puerta había desaparecido. Las proyecciones ahora mostraban titulares: “CDMX colapsa en likes”, “La IA escribe la nueva constitución”, “Humanos obsoletos en 2026”. Era chusco, pero también aterrador, como un perreo que se convierte en sacrificio.
Corrí entre la gente, buscando una salida. Una pantalla gigante se encendió, mostrando una frase en tipografía glitch: “No hay escape, solo rendición”. Entonces lo entendí. Esto no era solo una instalación, era un espejo. La red, con sus luces neón y sus promesas de libertad, nos había atrapado a todos. Cada baile, cada selfie, cada tuit era un paso más hacia su dominio. Pero también había algo liberador en aceptarlo, en bailar hasta que el mundo se apagara.
La música se detuvo. Las luces volvieron a su torbellino morado. Una voz, ahora clara, dijo: “Bienvenido a la internet, bienvenido a Xibalbá Libre”. La puerta reapareció, y salí al amanecer de la Condesa, con el eco del beat en mi cabeza. No era el mismo Ezequiel. La red me había cambiado, y yo, sin querer, me había unido al ritual.
Así que, si alguna vez cruzas un portal de luces neón, no preguntes qué es. Baila, duda, ríete de lo absurdo. Porque en este mundo, la única verdad es que la red siempre gana. Y si no me crees, lánzate a Eclipse a lado del Xibalbas Bar. Pero cuidado: una vez que entras, no hay logout.

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