Hay viajes que uno no elige. Son ellos los que lo escogen a uno, con la precisión de una mano invisible que mueve las piezas de un tablero cósmico (eso es lo que creo, o por lo menos así fue mi llegada a Xilitla: inesperada, profunda y mágica) y como remate -que en realidad en ese viaje hubo muchísimos- se encontraba allí un lugar dedicado a una genia: El Museo de Leonora Carrington, un espacio que despierta sensaciones en ti, al unísono de formas imposibles, de criaturas que parecen sacadas de un sueño… o de una pesadilla.
Xilitla es un pueblo que respira lento, cubierto de neblina y café recién molido. Un lugar que parece existir en los márgenes del tiempo. Escondido entre montañas, al entrar en sus calles empedradas, uno tiene la impresión de que la lógica comienza a doblarse suavemente. Hay algo que se curva, que se vuelve más receptivo a lo simbólico, al delirio.
Y justo ahí, en una construcción blanca y discreta que no llama demasiado la atención desde fuera, se encuentra uno de los museos más insólitos de México: el dedicado a Leonora Carrington, artista, escritora, alquimista y médium del arte surrealista.

La mujer que pintó lo invisible
Leonora Carrington nació en Lancashire, Inglaterra, en 1917, dentro de una familia rica que jamás entendió su imaginación desbordada. Desde pequeña prefería hablar con caballos que con personas, leer cuentos celtas, pintar seres imposibles. El mundo la quería obediente. Ella eligió desobedecer.
A los veinte años conoció a Max Ernst y fue absorbida por el círculo surrealista europeo, en ese París efervescente de los años treinta. Pero su historia no se escribe sin sombras. Fue internada en un hospital psiquiátrico en España durante la Segunda Guerra Mundial. Escapó. Y el destino —o la necesidad de otra lógica más profunda— la trajo a México.

Aquí encontró tierra fértil para su delirio. Se quedó. Pintó, esculpió, escribió. Fue amiga de Remedios Varo, Octavio Paz, Luis Buñuel. Su casa se llenó de gatos, hijos, máscaras y silencios. Pero nunca se domesticó.
Leonora no fue solo una artista surrealista: fue una mística. Una exploradora del inconsciente colectivo. Su arte no buscaba provocar: buscaba revelar. En sus lienzos, en sus bronces, hay más magia que en cien grimorios. A veces más preguntas que respuestas.
(Una constelación de símbolos que no he terminado de descifrar.)
Como decía ella misma:
“Cuando uno belleza y fealdad, realidad y fantasía, horror y alegría, no represento sino lo que somos, lo que no nos atrevemos a asumir porque nos da miedo. Es más fácil y menos doloroso tomar conciencia de lo exterior, de la fachada, de los objetos concretos que nos tranquilizan, porque supuestamente son los poseedores de la realidad”.
Y es justo ahí donde su obra se vuelve espejo de todos: por valiente, por compleja, por verdadera.

Un museo que es oráculo
El Museo Leonora Carrington en Xilitla se inauguró en 2018. Desde entonces, es un vértice donde se cruzan la historia del arte, el misticismo y la experiencia personal. Más de 60 esculturas en bronce residen aquí: diosas aladas, chamanes con cuerpo de mueble, sillas para el más allá, barcos que parecen preparados para navegar en otros planos.
Lo más impactante no es solo lo que se ve, sino lo que se siente. En ese espacio silencioso, cada figura parece estar a punto de hablar (si también da algo de creepy, por lo menos a mí me dio). Hay algo en su quietud que provoca un estremecimiento. El tiempo se comporta diferente. Hay una densidad invisible, como si una parte del inconsciente y de un mundo de sueños, y fantasías se hubiera cristalizado ahí.











En el museo puedes ver obras como “La cantante muda“, una pieza con una presencia inquietante, su cara cubierta por una máscara, como si supiera algo que obviamente tú no.
Otras obras como Mujer con zorro (su autorretrato en clave mágica), Silla Dagda, o la Canoa con chango amplifican ese hechizo. Están acompañadas por 23 máscaras rituales donadas por su hijo Pablo Weisz, y 24 dibujos que muestran la precisión de su trazo. También hay 2 tapices en lana tejida, como si fueran portales.
Este no es un museo tradicional. Es un territorio simbólico. Una casa de arquetipos. Una especie de oráculo silencioso que, más que informar, transforma.
(A veces siento que una parte de ese lugar me observó también. Que algo de mí quedó flotando allí, junto a las criaturas imposibles, respirando su mismo aire.)










Arte como encantamiento
Leonora Carrington no buscó complacer jamás. Lo suyo no era el arte para vitrinas, sino para rituales. Ella no decoraba: evocaba. Sus esculturas no son objetos. Son símbolos, entidades, puentes.
Fue su amigo Edward James —mecenas de lo imposible— quien escribió a la entrada de su casa: “Esta es la casa de la Esfinge”. Y tenía razón. Carrington creó un universo completo, no solo visual sino espiritual. Carlos Fuentes, por su parte, la llamó un “sortilegio irónico”, y es que su obra no es huida, sino enfrentamiento. No es evasión, es afirmación de otra realidad más amplia, más rica, más interconectada.










El museo está lleno de esa lógica. De esa visión de lo múltiple. Su obra se alimenta de fuentes tan diversas como el simbolismo celta (la yegua Epona, los espirales, el pueblo del Sidhe), la mitología egipcia, maya, griega, fenicia, la alquimia, el psicoanálisis jungiano, la cábala, el gnosticismo. Todo está conectado con algo más.
“Lo que me interesa”, dijo una vez, “es aquello que produce la conexión”. En la antigua Grecia (missu bab), sympatheia nombraba esa correspondencia mágica entre todas las cosas. Y así también es su arte: un sistema vivo que vibra en todas direcciones.
(Xilitla está conectado con el todo. La humedad, el silencio, el eco suave de los pasos en sus calles. Además es como si el museo hubiera guardado no solo sus obras, sino también un recuerdo mío. Una pequeña parte de lo que fui y que quizá no regrese nunca)




Xilitla, el otro país
Decir que el museo está en Xilitla es casi un juego de espejos. Porque el pueblo mismo es una extensión de ese mundo simbólico. Las montañas son verdes y húmedas, los tejados están cubiertos de musgo, el aire sabe a café y a color, sentimiento. La gente tiene ese ritmo de los lugares donde el misterio no se niega, sino que se respeta.
Y como un eco en otra frecuencia, muy cerca de ahí, se encuentra el Jardín Escultórico de Edward James. Otro británico que, como Leonora, huyó de la razón para habitar el delirio.
Ambos compartieron una amistad profunda y, por un largo periodo de tiempo, Carrington escapaba de la CDMX a Xilitla, atraída por la visión onírica y selvática que Edward había construido en plena Huasteca.
Aquel entorno de arquitectura fantástica, de cascadas y esculturas que desafiaban las leyes físicas, dialogaba perfectamente con la simbología que habitaba su propio universo interior.



Leonora venía a Xilitla a desconectarse del ruido del mundo. Y, sí, también —según relatan algunas memorias—, a entregarse a los placeres lisérgicos (a drogarse un chingo) junto con Edward James, en largas caminatas entre la selva, los hongos y los símbolos. Para dos seres que crearon desde el delirio místico, este rincón del mundo era un refugio espiritual y sensorial. Un laboratorio del alma.
Sin duda un lugar en el mundo que debe visitarse, un lugar que seguro, como a mí, se va a robar un cachito de tu corazón y de tu pensamiento.
Quizás por eso el recuerdo sigue tan vivo. Porque no fue solo una visita a un museo bien pacheco. Fue una experiencia. Un espejo interno. Un momento de sanación (para mí). Un momento atrapado en resina, en selva, en silencio, en comida bien rica y deliciosa. Y aunque la vida haya seguido su curso —como sigue el río La Conchita por las piedras del jardín de Edward James—, algo de mí sigue allá.

Para quien quiera ir (o regresar)
- 📍 Dirección: Calle Corregidora 103, Centro, Xilitla, S.L.P.
- 🕰️ Horario: Martes a jueves, de 11:00 a 17:00 hrs. / Viernes a domingo, de 11:00 a 18:00 hrs.
- 🎫 Entrada: $40 general; $20 estudiantes, maestros, INAPAM (con credencial).
- ☕ Extras: Tienda de libros y recuerdos. Una cafetería pequeña y tranquila.
- 🎒 Recomendación: Visítalo sin expectativas. Sin querer entender. Solo siente. Eso es lo que Leonora quería.

Xilitla el pueblo donde se encontraron dos surrealistas… espera el próximo capítulo sobre el Jardín Escultórico de Edward James.
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