Aaaay horny, dócil y sin alas
Un escritor sin rumbo viaja con su esposa rica a un resort de lujo en un país extranjero. Ella paga, él solo observa. Él no escribe, no brilla, no destaca. Entonces aparece una mujer extraña, seductora, peligrosa. No la conoce, pero algo en ella lo atrae. Lo arrastra.
Quiere formar parte del grupo. De ese mundo sin preocupaciones aparentes, donde el placer es constante y nadie parece cargar con nada. Él y su esposa aceptan la invitación de la mujer y su pareja para salir del resort, y ahí ocurre el accidente: atropella a alguien. A partir de ahí, todo se quiebra.
El gore es buenísimo: seco, directo, brutal. No es exagerado ni estético, es incómodo. Da miedo. Aterrador no por fantasía, sino porque no hay salida. Porque podrías ser tú ahí, sin saber en qué momento empezó a romperse todo.
Ahí es cuando la película se abre por completo. Lo que parecía un viaje exótico se convierte en una exhibición de poder, desigualdad y humillación. El protagonista ya no busca escapar, busca pertenecer. Pero pertenecer, en ese mundo, significa dejar de ser humano.
No eres más que una escenografía
Y cuando Infinity Pool cautiva, es porque revela esa verdad brutal: no importa cuánto tengas, siempre serás basura para ellos.
La película te dice sin rodeos: los ricos ya no sienten culpa. No entienden el dolor. Solo entienden el juego. Tú eres parte del decorado. Una anécdota. Una experiencia que se paga en la app. Puedes tener casa, carro, educación… da igual. Ellos siempre te verán como un accesorio del paisaje. Como un payaso funcional.
Conclusión
Brandon Cronenberg, hijo del maestro del body horror, logra hacer una obra maestra que no vive a la sombra de su padre, sino que talla su propio abismo en la pantalla.
La dirección es precisa, contenida y brutal. Cada plano está diseñado para incomodar, para sofocar. No hay respiro. La cámara no te permite escapar de la decadencia que retrata. Las tomas largas, las distorsiones visuales, el uso del desenfoque y el montaje agresivo crean una experiencia sensorial que parece más un trance que una narrativa.
Los efectos especiales —tanto físicos como visuales— son parte esencial del horror. No buscan realismo: buscan impacto. El gore no es decorativo, es parte de un lenguaje que grita lo que los personajes callan. El diseño sonoro, por su parte, acompaña como un zumbido constante que recuerda que algo anda mal incluso cuando nada está pasando.
Todo está al servicio de una sensación: incomodidad, deseo, terror. Y eso es cine en su forma más pura.?
Porque da miedo. Porque duele. Porque no te deja escapar con una moraleja. Porque no hay héroe. Porque muestra el deseo más incómodo: el de ser adoptado por quienes te desprecian, con tal de tener un lugar en su mesa, aunque sea como bufón. Y porque el director, Brandon Cronenberg, hijo del maestro del body horror, logra hacer una obra maestra que no vive a la sombra de su padre, sino que talla su propio abismo en la pantalla.
Brandon Cronenberg no te ofrece respuestas. Te da una piscina sin fondo donde ves reflejada tu propia miseria disfrazada de deseo. Y si te gusta, es porque ya estás dentro del agua.
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