Desde hace algunos años tengo una regla bastante sencilla: no consumo spoilers. De películas, series, videojuegos y, últimamente, tampoco de conciertos. Internet ya tiene suficiente información como para contarte una historia completa antes de que tengas oportunidad de vivirla.
Un tráiler te enseña el momento espectacular, el giro de la película, quién aparece, qué canción va a sonar y hasta cuál será probablemente la escena que se hará viral en redes sociales. ¿Para qué chingados quiero ver una ventana al futuro si puedo vivir esa experiencia en el momento?
Con Rosalía hice exactamente lo mismo.
Desde que comenzó el LUX Tour empecé a bloquear, saltar y esquivar todo lo que el algoritmo me ponía enfrente.
No quería saber cómo era el escenario, qué vestuario utilizaba, qué canciones cantaba ni qué ocurría durante cada acto. Quería llegar al Palacio de los Deportes sin referencias visuales, sin spoilers y, sobre todo, sin esa sensación de estar esperando algo que ya había visto en internet. Y funcionó -a medias, porque uno no se va nunca limpio-.
Me refiero que escuché bastantes críticas, sobre todo por el poco equipo o utilería chafa o que el espectáculo que lleva a cabo esta muy “vacío”: “saca unas telas nada más o cuelga una tela blanca al fondo y ya”, son algunos de los comentarios que me llegaron.
También había algo más detrás de esa noche. He visto a Rosalía cada vez que ha venido a México en diferentes etapas de su carrera: -el ahora cancelado- Ceremonia en 2019, Motomami en 2022, aquella presentación multitudinaria en el Zócalo de CDMX en 2023 y ahora LUX en 2026.
Cuatro momentos completamente distintos de una misma artista. Durante los tres primeros conciertos estuve acompañado por una persona muy especial para mí; esta vez no.
Por eso, de alguna manera, llegar a LUX también fue un pequeño ritual personal. Una tradición que continuó aunque las circunstancias ya son diferentes.
Porque, después de tantos años viendo cómo Rosalía cambia, esta vez sentí que no había ido solamente a escuchar un disco nuevo: había ido a observar cómo una artista intenta transformar la manera en que entendemos un espectáculo musical.
Llegué a recibir y a mandar mucha lux y quizá por eso terminé necesitando escribir esto.
Aquí empieza el problema de esta reseña: ¿LUX es realmente un concierto?

¿LUX Tour es un concierto o estamos frente a otra cosa?
No estoy completamente seguro de que la palabra “concierto” alcance para describir lo que ocurre durante LUX.
Un concierto puede ser una presentación musical en la que el artista toca, canta, baila y establece una relación directa con el público. Pero existen espectáculos que, por su construcción simbólica y espacial, comienzan a comportarse de otra manera.
El escenario deja de ser únicamente un lugar desde donde alguien interpreta canciones y se convierte en un espacio diseñado para provocar una experiencia.
LUX pertenece a esa categoría.
Durante aproximadamente dos horas, Rosalía combina música, teatro, danza, ballet, flamenco, electrónica, iluminación, vestuario, referencias religiosas, pintura, arquitectura, cine y una orquesta en vivo.
El resultado puede recordar por momentos a una ópera, después a una pieza de danza contemporánea y unos minutos más tarde convertirse en un concierto de electrónica techno completamente desquiciado.
Pero no es exactamente ninguna de esas cosas.
Es una obra escénica construida alrededor de un disco que ya desde su concepción estaba interesado en cuestiones mucho más grandes que el pop convencional.

¿Qué es LUX de Rosalía?
LUX, el cuarto álbum de estudio de Rosalía, se mueve alrededor de la espiritualidad y la trascendencia y está organizado en cuatro movimientos.
El disco fue grabado con la London Symphony Orchestra y utiliza distintos idiomas, mientras sus canciones exploran cuestiones como la fe, el deseo, la muerte, el perdón y la relación entre lo humano y lo divino.
Pero hay una diferencia importante entre escuchar LUX y verlo.
En el disco puedes imaginar la espiritualidad.
En el escenario, Rosalía intenta construirla.
Y ahí aparece uno de los ejes que más me interesa de todo el espectáculo: el cuerpo contra el espíritu.
El cuerpo termina siendo el campo de batalla.
Y la danza lo hace visible.

El cuerpo contra el espíritu: la verdadera batalla de LUX
Creo que aquí está el corazón del LUX.
LUX habla de Dios, pero también habla de sexo. Habla de perdón mientras muestra deseo. Habla de pureza utilizando cuerpos que bailan, sudan, se mueven y se exponen. Habla de trascendencia desde un escenario construido para una de las industrias más grandes del entretenimiento.
La contradicción no es un error. Es el tema.
Rosalía corre, baila, se arrastra, se contorsiona y utiliza el cuerpo como herramienta expresiva, mientras alrededor aparecen símbolos religiosos y referencias a la historia del arte.
La espiritualidad de LUX no parece plantearse como una doctrina. Más bien funciona como un lenguaje para hablar de cosas profundamente humanas: el amor, el deseo, la culpa, el miedo, la muerte, el perdón, el cuerpo y esa necesidad bastante cabrona que tenemos los seres humanos de encontrar algo que le dé sentido a estar vivos.
Por eso no me parece demasiado interesante preguntarnos si Rosalía “se volvió religiosa”.
La pregunta más interesante es: ¿qué hace Rosalía con la religión cuando la convierte en lenguaje artístico?
Y la respuesta está frente a nosotros durante todo el espectáculo.

La llegada al LUX: cuando el escenario parece una iglesia
Antes de que aparezca Rosalía, el escenario ya está diciendo cosas.
Hay escaleras, pantallas, humo, espacios abiertos y una distribución que, conforme avanza el show, comienza a adquirir una lógica casi arquitectónica.
No se trata solamente de poner elementos bonitos detrás de la cantante. Las estructuras cambian de posición, generan diferentes perspectivas y convierten el escenario en una especie de espacio ceremonial.
El humo tampoco se siente como un simple recurso visual. Remite inevitablemente al incienso y al incensario utilizado dentro de determinados rituales religiosos: un elemento que transforma el espacio físico y crea una atmósfera asociada con lo intangible, con lo invisible.
Y aquí aparece una de las ideas que atraviesan todo LUX: el concierto comienza a comportarse como un ritual.
@hitmewithyourkar Rosalía LUX Tour 2026 #rosalia #lux #cuuuuuuuuuute #botafumeiro #santiagodecompostela @La Rosalia ♬ original sound – Britney Spears
Históricamente, los espacios religiosos han utilizado la arquitectura, la música, la luz, el humo, los cuerpos y la posición de los participantes para separar lo cotidiano de lo sagrado. LUX toma algunos de esos mecanismos y los lleva al terreno del espectáculo contemporáneo.
Claro que esto puede sonar demasiado solemne. Y sí, hay un punto en el que uno puede pensar: “Bueno, ya, Rosalía, tampoco era necesario mamarle tanto al arte europeo”.
Porque tampoco vamos a descubrir hoy que Da Vinci, Goya, Velázquez o Degas eran unos cabrones.
Pero el mérito está precisamente en cómo esas referencias dejan de funcionar como decoración y comienzan a formar parte de una narrativa.
LUX no parece intentar decirnos que Rosalía se convirtió de pronto en una santa y que encontró todas las respuestas. Está utilizando el lenguaje visual de lo sagrado para hablar de algo mucho más humano -abajo se los explico-.
@kliknews360 Aún no se sabe cuándo saca #rosalia su nueva canción 🤌🏼😮💨 #luxtour #atardecer #fyp #parati @La Rosalia @HOLA ROSALÍA ♬ sonido original – La Rosalía
De muñeca de porcelana a pieza de museo: la trascendencia del cuerpo y el espíritu en Lux
El espectáculo comienza con una imagen que me parece fundamental para entender todo lo que viene después: Rosalía aparece contenida dentro de una gran caja.
La primera Rosalía de LUX parece una muñeca de porcelana. Una bailarina pequeña, delicada, casi atrapada dentro de una caja musical. Hay algo de juguete, algo de ballet clásico y algo de objeto guardado cuidadosamente para ser exhibido.
Y eso es importante porque desde el primer minuto Rosalía no aparece únicamente como la artista que viene a cantar.
Se convierte en el objeto que estamos viendo.
Es una diferencia pequeña, pero conceptualmente enorme.

La artista no solamente ejecuta la obra: ella misma es parte de la exhibición.
A partir de ahí comienza una transformación que va de lo pequeño a lo monumental. Primero es esa figura contenida, después una bailarina, una madona, una figura demoníaca, una pintura, una pieza de museo, una mujer que cae y finalmente una presencia que parece haber atravesado todas esas formas sin dejar de ser el centro, la obra principal, sin importar el tamaño o magnitud ¿se entiende?
La dirección creativa está encabezada por Pili Díaz, hermana de Rosalía, mientras que la dirección de arte corresponde a Israel Barranco y el vestuario a Estéfano Galici. No es un detalle menor: la precisión que tiene el espectáculo hace evidente que detrás de cada postura, cada rostro, cada movimiento y cada cambio de escenario existe una construcción previa.
De hecho, durante mi función tuve a Pili prácticamente a un lado. Resultaba curioso verla observando fijamente cada movimiento de su hermana y del espectáculo -después de tantos que ya han tenido-, porque ahí entendí algo que desde el público puede perderse fácilmente: detrás de esa aparente espontaneidad existe una cantidad absurda de trabajo.
Nada en LUX está puesto porque sí.
Da Vinci, Velázquez, Degas y una Rosalía convertida en obra de arte
El primer acto juega con una estética delicada y minimalista asociada con las bailarinas de Edgar Degas. Rosalía aparece con elementos de ballet y una corporalidad mucho más contenida que la que conocimos en Motomami.
Es una Rosalía disciplinada.
El cuerpo no está ahí para provocar todavía. Está ahí para ser observado.
La referencia a Degas funciona porque sus bailarinas también pertenecen a ese universo donde el espectador observa cuerpos entrenados, repetitivos y disciplinados. La danza parece ligera desde afuera, aunque sabemos que detrás existe una enorme exigencia física.
Y eso conecta directamente con una de las preocupaciones de LUX: el cuerpo como vehículo para alcanzar algo que está más allá del cuerpo.
La espiritualidad necesita un cuerpo para manifestarse.
Y Rosalía parece estar preguntándose qué pasa cuando ese cuerpo también desea, se cansa, se enamora, tiene sexo, conoce el desamor, le rompen el corazón, siente culpa, tiene ego y quiere trascender.
Ahí comienza realmente el conflicto entre el cuerpo y el espíritu.

Mio Cristo Piange Diamanti: la luz antes de la caída
Uno de mis momentos favoritos es Mio Cristo Piange Diamanti.
Rosalía no necesita un cambio gigantesco de escenografía para construir la imagen. En un momento -y tal y como me habían llegado las críticas- se cubre con una tela blanca y basta, ya, no hay más.
Nada de fuegos artificiales, nada de veinte pantallas explotando al mismo tiempo, nada de visuales pachecos pasados de lanza.
Una sábana. Y funciona.
Porque el cuerpo ya está cargado de significado.
Con esa tela se transforma en una figura que recuerda inmediatamente a una virgen, a una madona, a una imagen devocional. La canción habla de fe y de búsqueda, pero la escena parece preguntarse qué significa tocar piso cuando estás buscando algo que está arriba.
Es una imagen sencilla, pero precisamente por eso funciona.
Y después llega Berghain.
Y -como siempre- todo se va al carajo.
De la Virgen al demonio: Goya, Berghain y el lado oscuro de LUX
Si Mio Cristo Piange Diamanti representa la luz, Berghain representa su contraparte.
El cambio es brutal. La estética se vuelve oscura, el sonido se endurece y Rosalía aparece con una imagen que recuerda directamente a El aquelarre, de Francisco de Goya. El tocado con elementos similares a cuernos y la presencia de los bailarines construyen una especie de aquelarre contemporáneo.
Aquí es donde LUX empieza a demostrar que su espiritualidad no tiene demasiado interés en ser pura.
Porque junto a Dios aparece el demonio. Junto a la fe aparece la duda. Junto a la redención aparece el deseo. Y junto a la Virgen aparece una Rosalía que parece estar negociando con sus propios demonios.

Berghain, además, tiene una importancia especial dentro de esta lectura porque la canción misma ya mezcla una sensibilidad electrónica con referencias de la música clásica y las colaboraciones de Björk y Yves Tumor. El resultado es prácticamente un pop barroco que termina convertido en rave religioso -o algo así-.
Es el ying y el yang del espectáculo: de Mio Cristo Piange Diamanti a Berghain, de la luz a la oscuridad.
Y lo interesante es que ninguno de los dos lados elimina al otro.
Da Vinci, Velázquez y una Rosalía convertida en obra de arte
Uno de los momentos más inteligentes del montaje ocurre con Can’t Take My Eyes Off You.
Rosalía aparece detrás de un marco dorado y se convierte, literalmente, en una pieza de museo. Los bailarines se acercan, la fotografían desde diferentes ángulos y el público hace exactamente lo que haría frente a la Mona Lisa en el Louvre: sacar el celular para demostrar que estuvo ahí.
La referencia a Leonardo da Vinci es evidente, pero la escena tiene una segunda lectura mucho más contemporánea.
La Mona Lisa es una de las obras más famosas del planeta y, paradójicamente, también una de las más difíciles de contemplar tranquilamente. Miles de personas llegan al Louvre para fotografiarla durante unos segundos antes de continuar con su recorrido.
En LUX, Rosalía se convierte en esa pieza.
Nosotros somos los turistas y ella es la exhibición. La ironía está cabrona.

Además, esta escena demuestra que la dirección del espectáculo está pensada para ser vista desde distintos lugares. En el escenario puedes observar una cosa y en las pantallas otra. Las cámaras construyen encuadres que parecen sacados de un videoclip o de una película.
En ese sentido LUX me recordó obviamente al show del Madrileño de C. Tangana: no solamente está pensado para ser visto desde la butaca. Está pensado para ser visto a través de una cámara.
Y aquí me refiero a algo muy concreto: estés donde estés, si estás hasta arriba y hasta atrás puedes apreciar el show como fue concebido porque las pantallas capturan exactamente lo que deben capturar. La dirección de cámaras tiene una precisión cinematográfica impresionante.
Velázquez, Las meninas y la pregunta de: ¿quién observa a quién?
La referencia a Las meninas de Diego Velázquez funciona de una manera todavía más interesante.
Velázquez convirtió la propia estructura de la mirada en parte de la pintura: quién observa, quién es observado, quién aparece dentro de la obra y desde dónde estamos mirando nosotros.
LUX hace algo parecido.
Rosalía es la artista, pero también es la pieza.
Es quien controla el espectáculo, pero también quien está siendo exhibida.
Es sujeto y objeto al mismo tiempo.
La utilización de una silueta inspirada en el guardainfante y la construcción del vestuario barroco llevan esa idea hacia una Rosalía casi museística, como si el espectáculo estuviera construyendo una colección de imágenes alrededor de su propio cuerpo.
Y aquí entra también SAOKO.
Porque después de construir toda esta referencia barroca, Rosalía hace algo que me parece mucho más interesante que simplemente copiar un cuadro: lo destruye.

La perla, Paquita y una figura que se multiplica en la oscuridad
La perla es otro de esos momentos donde el espectáculo demuestra que no necesita llenar el escenario para producir imágenes enormes.
La canción tiene un componente teatral muy fuerte y los bailarines, vestidos de negro con guantes blancos, construyen diferentes figuras en la oscuridad mediante el movimiento y la iluminación. Por momentos parece que el cuerpo humano deja de ser individual y comienza a convertirse en una especie de escultura colectiva.
Y aquí aparece otra referencia: la Grecia clásica.
La Venus de Milo, las formas escultóricas, la idea del cuerpo perfecto convertido en símbolo y la obsesión occidental por representar la belleza ideal aparecen reinterpretados en vestuario y composición.
Hay que decirlo: toda esta operación se apoya muchísimo en el canon europeo. Y sí, puede resultar un poco cansado que para hablar de “arte” sigamos regresando a los mismos nombres de siempre.
Pero sería injusto negar que Rosalía sabe perfectamente lo que está haciendo con ellos.
No los coloca únicamente para verse culta.
Los utiliza para construir una genealogía visual en la que ella misma termina convirtiéndose en otra imagen.

Además hay algo que no se puede pasar por alto: Paquita la del Barrio.
En el concierto Rosalía reconoció que La perla no existiría de la misma manera sin Rata de dos patas. El homenaje no fue un simple guiño para quedar bien con el público mexicano: reconoció directamente una influencia que forma parte de la estructura emocional de la canción.
Y eso merece sus honores.
Porque La perla no sería lo mismo sin Paquita.
Ahí sí existe un diálogo cultural real: la tradición del despecho, la rabia, la dignidad, el humor y esa manera tan mexicana de mandar a alguien a chingar a su madre mientras uno todavía está emocionalmente destruido.
Rosalía toma esa tradición y la transforma en su propio lenguaje.
Eso, para mí, vale mucho más que meter una referencia mexicana únicamente para que el público grite.
El Ecce Homo, la Art Cam y cuando el arte termina convertido en meme
Entre todas las referencias hay otra que resulta especialmente interesante: el Ecce Homo de Borja.
La historia ya es parte de la cultura popular: el mural realizado por Elías García Martínez en el Santuario de Misericordia fue intervenido en 2012 por Cecilia Giménez, quien intentó restaurarlo debido al deterioro causado por la humedad.
El resultado terminó convirtiéndose en un fenómeno mundial y en uno de esos casos extraños donde una supuesta catástrofe artística terminó generando turismo, memes y una nueva vida para la obra.
¿Por qué importa esto dentro de LUX?
Porque ayuda a entender que Rosalía no solamente está jugando con “grandes obras maestras”.
También está jugando con la manera en que una imagen se transforma cuando pasa de la historia del arte a la cultura popular.

La Art Cam es quizá el ejemplo más divertido de ello.
Funciona como una especie de kiss cam artística: aparecen espectadores en pantalla y se les coloca junto a diferentes pinturas para que reproduzcan sus gestos o posiciones.
Está El grito, de Edvard Munch; En la puerta de la eternidad, de Vincent van Gogh; las bailarinas de Edgar Degas y, por supuesto, la Mona Lisa de Leonardo da Vinci.
De pronto, el espectador deja de ser solamente espectador y también se convierte en imagen.
Y ahí vuelve a aparecer una de las preguntas fundamentales de LUX: ¿quién observa a quién?
El arte deja de estar encerrado en un museo.
También puede ser meme, una pintura, una fotografía, una pantalla, un concierto o una estupidez de internet que tres días después nadie recuerda.
Puede ser una imagen que millones de personas reconocen aunque jamás hayan estudiado historia del arte.
Y quizá ahí LUX encuentra una de sus contradicciones más interesantes: toma símbolos creados durante siglos para hablar de lo sagrado y los coloca frente a una generación acostumbrada a consumir imágenes a una velocidad absurda.

LUX Tour: Cuatro actos para contar una caída, una ascensión y una transformación
El espectáculo está organizado en cuatro actos y un epílogo. El recorrido comienza con Sexo, violencia y llantas, Reliquia, Porcelana, Divinize y Mio Cristo piange diamanti. Después aparece Berghain, junto con SAOKO, LA FAMA, LA COMBI VERSACE y De madrugá. Más adelante llegan El redentor, La perla, Sauvignon blanc, La yugular, Dios es un stalker y La rumba del perdón, hasta llegar al cierre con Magnolias.
No estamos frente a una sucesión de canciones acomodadas para que el público no se aburra.
La estructura importa porque LUX no solamente presenta canciones: construye una progresión.
Primero está la disciplina, la pureza, el ballet y la figura casi virginal. Después llega la oscuridad, el deseo, la violencia y el demonio. El tercer acto recupera la luz y convierte a Rosalía en objeto de contemplación. Finalmente aparece una dimensión más barroca, monumental y cercana a la muerte y la caída.
Hay ascenso, exposición, transformación y descenso.
La imagen final asociada a la caída recuerda inevitablemente -traumado con la Odisea y con Grecia, lol- al mito de Ícaro: el personaje que intenta acercarse demasiado al sol y termina cayendo por haber querido trascender sus límites. La caída del ángel.
Y entonces todo lo que vimos antes adquiere otra dimensión.
Rosalía comienza encerrada en una caja y termina convertida en una figura monumental.
Crece.
Se exhibe.
Se transforma.
Asciende.
Y finalmente cae.
La Rosalía de Motomami todavía está aquí
Podría pensarse que LUX intenta borrar todo lo que ocurrió antes, pero no es así.
Cuando aparecen SAOKO, LA FAMA, LA COMBI VERSACE o De madrugá, aparece también la Rosalía que conocimos en la etapa anterior.
La diferencia es que ahora esas canciones ya no gobiernan el universo. Son parte de él.
Es como si LUX hubiera decidido no matar a las Rosalías anteriores, sino meterlas dentro de una misma habitación y obligarlas a convivir.
La Rosalía de Motomami sigue siendo reconocible, pero ahora comparte escenario con la Rosalía flamenca, la Rosalía urbana, la popera, la espiritual, la clásica y teatral.
Eso también explica el cambio respecto al Motomami World Tour, cuya estética minimalista y escenografía de “lienzo en blanco” ponían mucho énfasis en la performance y el cuerpo -pueden leer nuestra reseña del Motomami aquí-
LUX conserva esa centralidad, pero la coloca dentro de una estructura visual mucho más cargada de referencias históricas y religiosas.
La propia lectura de Israel Barranco sobre el espectáculo habla de cómo las referencias de la historia del arte funcionan también como una forma de construir capital cultural alrededor de un artista.
Y ahí vale la pena detenerse.
Porque LUX no solamente habla de espiritualidad. También habla de prestigio.
La orquesta de Yudania Gómez Heredia: ah su puta madre
Aquí quiero detenerme porque sería injusto hablar de LUX solamente como una experiencia visual: la orquesta es prácticamente la mitad de la experiencia.
La música en vivo cambia completamente las canciones y la orquesta es, para mí, prácticamente el otro 50 por ciento del espectáculo. Y aquí aparece Yudania Gómez Heredia. La cubana dirige la orquesta en vivo y, ah su puta madre, qué manera de hacerlo.
Porque no estamos hablando de una orquesta tocando encima de las canciones como si fuera un adorno elegante para justificar que el espectáculo es “artístico”.
Los arreglos llevan las canciones a otro lugar.
@theluxtour LUX TOUR LAS VEGAS #luxtour #rosalia ♬ so original – jimena🍂
Hay música clásica, música sacra, reguetón, electrónica, techno y diferentes texturas que conviven sin sentirse completamente desconectadas.
La forma en que dirige, la energía con la que mueve el cuerpo y la manera en que la orquesta pasa de un pasaje casi sacro a una sección electrónica me hizo teletransportarme a Zion, en Matrix, imaginando a los últimos humanos de la civilización bailando techno mientras afuera las máquinas esperan.
Y ahí está la importancia de una buena orquesta: no necesita explicarte lo que hace. Lo sientes.
Rosalía tiene una de las mejores armas que puede tener un cantante: su voz
Cuando Rosalía aparece, queda claro que todo este concepto no serviría de mucho si ella no pudiera sostenerlo vocalmente.
Y puede.
Para mí, esa sigue siendo su mayor virtud. Hay algo que siempre comento y reconozco porque habla de su crecimiento: Rosalía no canta hoy como cantaba hace unos años.
Se nota que ha trabajado su voz, que ha entrenado, que ha tomado clases y ha desarrollado una técnica mucho más sólida.
Hoy Rosalía tiene potencia, agilidad, control, capacidad para cambiar de registro y una forma muy particular de trabajar los matices. Después de tantos años escuchándola, sigue siendo sorprendente verla cantar en vivo porque su voz tiene algo que no depende del vestuario, las pantallas ni de ninguna referencia artística.
Puede quitarle todo lo demás y todavía tendría algo que sostener.
En LUX, además, la voz tiene que convivir con una orquesta, con cambios de género, con danza y con una puesta en escena físicamente demandante. Y funciona.
LUX Tour: El cuerpo también baila, pelea y se rompe
LUX puede hablar de espiritualidad todo lo que quiera, pero nunca abandona el cuerpo.
Ese es precisamente el conflicto que hace que el espectáculo funcione.
El ballet convive con la danza contemporánea, el flamenco, el reguetón y algunos movimientos provenientes del hip hop. Todo está cuidadosamente coreografiado: los rostros, las manos, las posturas, las pausas, las miradas.
No hay un movimiento que parezca estar ahí solamente porque sí.
Y conforme avanza el espectáculo, el cuerpo empieza a deteriorarse.
La figura que al principio aparece contenida, pura, casi perfecta, termina enfrentándose a su propia caída.
En la parte final aparecen las alas, las plumas y ese descenso corporal que inevitablemente recuerda al mito de Ícaro: elevarse demasiado, intentar trascender los límites y terminar cayendo.
La referencia no necesita estar explicada con un letrero para funcionar. Está ahí como posibilidad de lectura. La caída puede ser espiritual, artística, humana o simplemente la consecuencia inevitable de haber intentado subir demasiado.
Las referencias visuales del cierre han sido relacionadas precisamente como ya lo dije arriba con Ícaro y con esa caída antes de llegar a la muerte, con Magnolias.
Después de todo el ascenso, queda el descenso.
Y ahí LUX deja de hablar únicamente de religión para hablar de algo que nos toca a todos: algún día esto se acaba.

El sonido de la Misa: Palacio de los Deportes, también conocido como el Palacio de los Rebotes
Tengo que hablar del audio porque, por alguna razón, decidí olvidar deliberadamente mis tapones para los oídos.
Pensé que, por todo el asunto de la orquesta y la espiritualidad, esto sería un poquito más tranquilo. Error.
Por momentos me dolieron mis orejitas. Debí llevar mis protectores. Pero eso también habla de lo cabrón que estaba el sonido.
Y hay que reconocer el trabajo de los ingenieros de audio porque hacerlo en el Palacio de los Deportes no es precisamente jugar en modo fácil. El famoso Palacio de los Rebotes puede convertirse en un dolor de cabeza cuando una producción tiene tantos elementos simultáneos. Aun así, el trabajo de los ingenieros de audio fue bastante bueno.
Sí hubo pequeños momentos de distorsión y algunos segundos en los que la voz de Rosalía perdió un poco de legibilidad, pero nada grave. Nada que destruyera la experiencia ni algo que probablemente notara alguien que no está particularmente atento al audio.
Para un recinto así y para un espectáculo que mezcla tantos elementos sonoros, me parece un trabajo bastante sólido.
Mi calificación para el sonido: 9/10.
El confesionario: cuando el concepto no necesariamente funciona
El confesionario es una de las partes más particulares del espectáculo. En teoría, funciona como una pausa dentro de toda esa monumentalidad: Rosalía se acerca a personas invitadas, escucha historias, abre un espacio íntimo y convierte el concierto en algo más humano.
La idea es buena.
El problema es que depende muchísimo de quién se siente enfrente.
En mi función de Ciudad de México pasó algo bastante sencillo: me dio hueva. Invitaron a una morra famosa de TikTok que, honestamente, nadie conoce. Hasta ese momento sigo sin saber quién es. Hubo abucheos.
Digo, no necesariamente tienes que invitar a la persona más famosa de TikTok. De hecho, sería mucho más interesante que ese espacio pudiera relacionarse de manera más profunda con la ciudad en la que estás.
México -CDMX- tiene artistas, escritoras, cineastas, músicas, bailarinas, investigadoras, creadoras y personajes culturales que podrían aportar muchísimo a un espacio así.
Aunque, bueno, también entiendo que Rosalía no está haciendo una conferencia universitaria.
El confesionario es parte del espectáculo.
Y el espectáculo también necesita cultura pop.
Entonces, ¿LUX es una experiencia espiritual o sigue siendo pop?
Aquí está la pregunta incómoda.
Las dos cosas.
Y probablemente ninguna.
Porque podemos hablar de ritual, espiritualidad, historia del arte, liturgia, Renacimiento, barroco, Goya y Velázquez durante páginas enteras, pero al final seguimos dentro de un estadio lleno de personas que pagaron por ver a una estrella pop mundial.
LUX también es industria. Hay entradas, patrocinadores, cámaras, pantallas, mercancía y miles de personas grabando con el celular.
Es mercancía.
Es una gira mundial.
Es una marca.
Es contenido.
Es fotografía.
Y justamente por eso resulta interesante.
El espectáculo no está intentando escapar de la cultura pop: está utilizando herramientas antiguas para hacer pop.
Rosalía toma el ritual y lo convierte en espectáculo.
Toma la pintura y la convierte en performance.
Toma la ópera y la mezcla con electrónica.
Toma el flamenco y lo pone junto al reguetón.
Toma la imagen religiosa y la mete en una pantalla LED.
Toma la Mona Lisa y la convierte en selfie.
Y toma su propia carrera y la convierte en una exposición.
No hay que hacernos pendejos.
Esto sigue siendo entretenimiento.
Pero eso no le quita valor artístico.
El Renacimiento también estuvo lleno de encargos, dinero, poder y religión. Mucha de la producción artística que hoy consideramos fundamental estuvo atravesada por instituciones, mecenas y relaciones de poder.
El arte nunca ha sido completamente puro.
Y LUX tampoco pretende serlo.
La gracia está precisamente en que toma esos lenguajes y los mete en una industria contemporánea donde una artista puede aparecer como una virgen, convertirse en un demonio, transformarse en una pintura, bailar reguetón, cantar con una orquesta sinfónica, convertirse en meme y terminar hablando de su propio funeral.
Todo en la misma noche.
Rosalía destruye su propia fórmula para volver a construirla
Lo más interesante de Rosalía siempre ha sido que no parece tener demasiado miedo de destruir aquello que ya le funcionó.
Podría haber hecho otro Motomami. Otro espectáculo basado en el mismo lenguaje: grandes pantallas, energía urbana, cámara en mano, baile, velocidad y una producción gigantesca.
Probablemente habría sido una decisión comercialmente mucho más sencilla.
Pero decidió hacer otra cosa. Una obra escénica que utiliza elementos de teatro, danza, ópera, música sacra, música electrónica, reguetón, flamenco, cine e historia del arte.
No inventó cada uno de esos lenguajes. Tampoco sería serio decir que inventó una nueva forma de espectáculo desde cero.
Pero sí encontró una manera bastante particular de mezclarlos y eso es lo que importa.
Y aquí es donde, después de cuestionar sus excesos, sus decisiones y algunos de sus momentos más discutibles, hay que reconocerle algo.
Rosalía sabe jugar en las grandes ligas.
No solamente porque pueda llenar un recinto enorme, sino porque entiende que un espectáculo pop puede construirse desde otros lenguajes.
LUX no necesita fuegos artificiales cada treinta segundos ni pantallas con visuales psicodélicos para demostrar que tiene producción.
De hecho, una de sus mayores virtudes es saber cuándo quitar cosas.
Una tela blanca puede ser suficiente.
Un marco dorado puede ser suficiente.
Una bailarina quieta puede ser suficiente.
Una voz puede ser suficiente.
Y cuando todo eso está acompañado por una orquesta en vivo, una dirección escénica precisa, un trabajo coreográfico minucioso y una artista capaz de sostener vocalmente el espectáculo, entonces entiendes que no necesitas llenar el escenario de cosas para hacerlo enorme.
Después de LUX: lo que queda cuando se apagan las luces
Cuando terminó el espectáculo pensé que quizá eso era lo que me había faltado en tantos conciertos: no necesariamente más producción, sino una idea, un concepto.
Porque estamos acostumbrados a que un concierto tenga que ser cada vez más grande. Más pantallas, más luces, más bailarines, más fuego, más dinero, más estímulos. Todo tiene que gritar “MÍRAME”.
LUX hace algo diferente.
Te dice: mira esto.
Y entonces pone a Rosalía en el centro.
Primero como muñeca.
Después como bailarina.
Luego como virgen.
Después como demonio.
Más tarde como la pintura más bella.
La pieza más perfecta.
Después como figura barroca.
Finalmente como cuerpo que cae.
Siempre ella.
Siempre el objeto de contemplación.
Siempre la obra principal.
Todo está diseñado para que ella siga siendo el punto focal.
Su voz, su cuerpo, sus expresiones, sus movimientos, sus manos, sus posturas y hasta esos pequeños momentos en los que se le escapa una sonrisa coqueta hacen que uno tenga constantemente presente que hay una persona detrás de todo este aparato artístico.
Y se nota que lo disfruta.
Muchísimo.
Quizá por eso esta experiencia terminó siendo tan personal para mí. Porque no solamente estaba viendo otro concierto de Rosalía.
Estaba viendo la cuarta estación de una historia que comenzó para mí en 2019 y que, de alguna manera, había seguido creciendo frente a mis ojos. Esta vez sin aquella persona especial que había estado en las anteriores, pero con una sensación extraña de continuidad. Siempre hay alguien a quien se tiene en la cabeza ¿o no?
Como si yo también hubiera entrado a mi propio confesionario. No para pedirle algo. Más bien para decir: aquí estuve. Te vi cambiar. Y aquí estoy otra vez. Sigo aquí.
Rosalía no vino a dar un concierto. Vino a construir una especie de catedral para sus contradicciones, para su ego, para sus dudas, para su espiritualidad, para su cuerpo y, sí, por qué no decirlo para sus haters.
No estoy de acuerdo con todo lo que hace ni con todos sus comentarios fuera del escenario. Tampoco creo que haya que convertir cada decisión de una artista en una obra maestra solamente porque nos guste.
Pero hay algo que resulta difícil negarle: Rosalía no tiene miedo de destruir su propia fórmula para volver a intentar construir otra.
En una industria donde muchos artistas pasan años tratando de repetir aquello que alguna vez funcionó, eso tiene un valor enorme.
LUX no es solamente música en vivo. Es la reconfiguración de un lenguaje antiguo —el ritual, la pintura, la liturgia, el teatro, la danza, la ópera— llevado a una época de inteligencia artificial, algoritmos que nos enseñan todo antes de vivirlo, imágenes hechas para durar quince segundos y dinero fácil en TikTok.
El ritual adaptado al espectáculo contemporáneo.
Y sí, quizá hay momentos en los que Rosalía se pasa de aura.
Pero después de verla durante dos horas convertirse en una obra, una imagen, una cantante, una bailarina, una virgen, un demonio, una pieza de museo y finalmente volver a ser simplemente Rosalía, queda claro que el LUX Tour es mucho más que una gira para presentar un disco.
Es una de las experiencias musicales y escénicas más ambiciosas que he visto este año.
Mucho arte.
Mucha lux.
Y, por supuesto, mis queridos: muchísimo aura.
Ahora ya sabemos por qué Rosalía antes de sus conciertos fue a ver qué pedo con las batallas de aura en Ciudad de México.

Por: @qtonalli
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